"El maestro espiritual"

Con cierta frecuencia se asocia la espiritualidad con el mero ejercicio, a nivel físico, de determinadas disciplinas (yoga, meditación, tai-chi, por ejemplo); con la práctica de ciertos rituales religiosos o con el seguimiento de determinados estilos de vida o filosofías que, con toda seguridad, buscan la armonía en el ser humano. Y todo ello puede ser útil, eficaz y contribuir a nuestra evolución, pero, al menos para mí, el grueso de la espiritualidad humana se gesta, por encima de todo, en lo estrictamente terrenal y en lo cotidiano.

En mi opinión, meditar, rezar, cantar mantras o quemar incienso no expresan espiritualidad si no van acompañados de otros gestos fundamentales. Me refiero a gestos como la tolerancia hacia aquello que es diferente, el profundo respeto por los demás, la solidaridad con los más desfavorecidos, el saber escuchar, el apostar por el diálogo cuando surgen las diferencias entre las personas, el reconocer con humildad las propias faltas y hacer lo necesario para corregirlas, el buscar el reencuentro cuando se da el alejamiento, el perseguir la reconciliacion cuando afloran los conflictos y las disputas, etc., etc.

A propósito del tema que hoy me ocupa, vi hace algún tiempo un breve reportaje en un telediario sobre el que luego me inspiré para escribir un pequeño relato. Creo que ilustra perfectamente ese concepto de espiritualidad que os estoy comentando.


EL MAESTRO ESPIRITUAL

Lázaro: Ya llegamos, señor reportero. Es acá.
John: Puedes llamarme John, Lázaro.
L: Pues muchas gracias. Como usted guste.
J: Así que este es el lugar donde trabajas, ¿eh? Es verdaderamente horrible, ¿no crees? ¿Cómo puedes aguantar este olor tan insoportable? Es nauseabundo.
L: ¿Sabe?, yo estuve un año viviendo en una alcantarilla. Cuando llega la estación fría, allí, por lo menos, se está caliente. Así que los malos olores no me molestan. De todos modos, al llevar unas horas recogiendo basura el olfato se satura y ya no te das ni cuenta. Además, yo siempre canto mientras trabajo, y así el tiempo pasa más deprisa.
J: ¿Y a qué hora comienzas tu labor, Lázaro? ¿Trabajas muchas horas al día?
L: Pues ahorita comienzo poco después del amanecer, cuando ya hay luz. Y termino recién empieza el ocaso.
J: ¿Y no paras a comer o a descansar? ¿No juegas nunca con otros niños?
L: Si tengo hambre, voy comiendo algunos restos de comida mientras trabajo. Pero no puedo parar mucho rato si quiero sacarme el jornal. Además, cuando cae la tarde tengo que llevar los cartones y la chatarra a la ciudad, para venderlos. Así que no me queda mucho tiempo para otras cosas.
J: Y dime, Lázaro, ¿en qué piensas cada día cuando te levantas?
L: Pues no pienso mucho, la verdad. Sólo le doy gracias al Señor por estar vivo, por tener algo que comer y por estar junto a mi madre y hermanos.
J: ¿Y es cierto que tú les mantienes a todos ellos con tu sueldo?
L: Así es. Mis hermanos son muy pequeñitos, y mi mamá está enferma, ¿sabe?
J: Pero tú no eres más que un niño de diez años. ¿No te gustaría estudiar y llevar una vida menos dura?
L: Claro que sí. Pero cuando las personas que amas y tú mismo tenéis que sobrevivir, no te paras a pensar en otro estilo de vida. Simplemente, haces lo que tienes que hacer y ya está.
J: ¿Y cómo imaginas tu futuro, Lázaro? ¿Piensas que continuarás trabajando aquí, en el vertedero?
L: Este año conseguí construir mi propia choza, y con un poco de suerte el año que viene tendré plata para que mi familia y yo vayamos a vivir de alquiler a un pequeño apartamento en la ciudad. Entonces pagaré a un buen médico para que se cure mi mamacita. Y también algún día tendré mi propio negocio de papel reciclado. Me gustaría mucho ayudar a la Tierra para que estuviera un poquito más limpia.
J: Seguro que lo lograrás, Lázaro; estoy seguro.
L: John, ¿le gustaría venir a nuestra chocita a cenar? Me haría mucha ilusión. Hoy mi madre va a preparar papas con unas verduras que recogí ayer en el mercado. Es mi plato favorito, y me gustaría compartirlo con usted. Sería un honor tenerle como invitado y escuchar sus historias de viajes por el mundo. Es que yo nunca salí de acá, ¿sabe?
J: Pues... yo...
L: ¿Qué le ocurre, John? Sus ojos se ven muy húmedos. Será por este olor, ¿verdad?

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